viernes, 18 de enero de 2013

Vocabulario Espirita Allan Kardek. Letra P


P

PARAÍSO (paradis) [del griego paradeizos: jardín, vergel].
Morada de los bienaventurados. Los Antiguos lo
ubicaban en la parte de los Infiernos llamada Campos
Elíseos (véase  Infierno). Los pueblos modernos lo
sitúan en las regiones elevadas del espacio. Aquella
palabra es sinónimo de cielo (ciel), tomada en la misma
acepción, con la diferencia de que el vocablo  cielo se
vincula con una idea de beatitud infinita, mientras que
el término paraíso es más circunscrito y recuerda goces
un poco más materiales. Aún se dice: «subir al cielo»,
«descender al infierno». Estas opiniones se basan en la
creencia primitiva –fruto de la ignorancia– de que el
Universo estaría formado de esferas concéntricas, en
cuyo centro se hallaría la Tierra. En estas esferas denominadas  cielos, es donde han sido colocadas las
moradas de los justos; de ahí las expresiones de «quinto y sexto cielos» para designar los diversos grados de beatitud. Pero, desde entonces, la Ciencia ha dirigido su mirada investigadora hacia las profundidades etéreas y nos muestra el espacio universal sin límites, poblado de un número infinito de globos, entre los cuales se encuentra el nuestro, al cual ningún lugar de distinción le ha sido asignado y sin que exista para él  arriba o abajo. Al observar el sabio –allí donde le habían indicado el Cielo– el espacio infinito y los innumerables mundos por todas partes, y al no encontrar el Infierno en las entrañas de la Tierra sino las capas geológicas en que está inscrita su formación en caracteres irrefutables,
comenzó a dudar del Cielo y del Infierno, y de ahí a la
duda absoluta no había más que un paso. La Doctrina
enseñada por los Espíritus superiores está de acuerdo
con la Ciencia. Nada contiene que repugne a la razón o
que esté en contradicción con los conocimientos
exactos. Esa Doctrina nos muestra la morada de los
Buenos, no más en un lugar cerrado o en las supuestas
esferas con que la ignorancia había rodeado a nuestro
globo, sino en todas partes donde haya Espíritus
buenos: en el espacio para los que están errantes, y en
los mundos más perfectos para los que están
encarnados. He aquí el Paraíso Terrestre y los Campos
Elíseos, cuya primera idea proviene del conocimiento
intuitivo que había sido dado al hombre sobre ese
estado de cosas, y que su ignorancia y sus prejuicios
han reducido a mezquinas proporciones. Ella nos
muestra a los malos encontrando el castigo de sus faltas
en su propia imperfección, en sus sufrimientos morales,
en la inevitable presencia de sus víctimas, castigos más
terribles que las torturas físicas incompatibles con la
doctrina de la inmaterialidad del alma; los muestra
expiando sus errores mediante las tribulaciones de
nuevas existencias corporales, que cumplen en mundos
imperfectos y no en un lugar de eternos suplicios de
donde la esperanza haya sido desterrada para siempre.
He aquí el Infierno. ¡Cuántos hombres nos han dicho: Si
nos hubieran enseñado esto en nuestra infancia, jamás
habríamos dudado! La experiencia nos enseña que los
Espíritus que no están suficientemente
desmaterializados se encuentran todavía bajo el imperio
de las ideas y de los prejuicios de la existencia corporal;
los que en sus comunicaciones tienen un lenguaje
conforme a ideas que han sido demostradas
materialmente erróneas, prueban por esto mismo su
ignorancia y su inferioridad.

PENAS ETERNAS  (peines éternelles). Los Espíritus
superiores nos enseñan que sólo el bien es eterno,
porque es la esencia de Dios, y que el mal tendrá un fin.
En consecuencia de este principio combaten la doctrina
de la eternidad de las penas como contraria a la idea que
Dios nos da de su justicia y de su bondad. Pero la luz no
se hace para los Espíritus sino en razón de su elevación;
en las clases inferiores sus ideas aún se encuentran
oscurecidas por la materia; para ellos, el futuro está
cubierto por un velo: no ven más que el presente. Están
en la posición de un hombre que escala una montaña; en
el fondo del valle, la niebla y las curvas del camino
limitan su visión: le es preciso llegar a la cima para
abarcar todo el horizonte, para evaluar su recorrido y lo
que le queda por hacer. Al no percibir el término de sus
sufrimientos, los Espíritus imperfectos creen que
siempre han de sufrir, y este pensamiento es en sí
mismo un castigo para ellos. Por lo tanto, si ciertos
Espíritus nos hablan de penas eternas es porque creen
en ellas, debido a su inferioridad.

PENATES  (Pénates)  [del latín  penitus: interior, que está
dentro; formado de penus: lugar retirado, oculto]: dioses
domésticos de los Antiguos, así denominados porque se
los colocaba en el lugar más retirado de la casa. –
LARES (Lares) [del nombre de la ninfa Lara, ya que se
los creía hijos de esta ninfa y de Mercurio]: eran, así
como los penates, dioses o genios domésticos, con la
diferencia de que en su origen los  penates eran los
manes (Mânes) de los antepasados, cuyas imágenes se
guardaban en un lugar secreto, al abrigo de la
profanación. Los  lares –genios benéficos, protectores
de las familias y de las casas– eran considerados como
hereditarios, porque una vez vinculados a una familia
continuaban protegiendo a sus descendientes. No sólo
cada familia y cada casa tenían sus propios lares, sino
que los había también para las ciudades, aldeas, calles,
edificios públicos, etc., los cuales se ponían bajo la
protección de estos o de aquellos lares, como entre los
cristianos lo hacen bajo tal o cual santo patrono. Los
lares y los penates, cuyo culto se puede decir que era
universal –aunque con nombres diferentes–, no eran
otros que los Espíritus familiares, cuya existencia hoy
nos es revelada; pero los Antiguos hacían de ellos
dioses a los cuales la superstición erigía altares,
mientras que para nosotros son simplemente Espíritus
que han animado a hombres semejantes a los nuestros, a
veces parientes y amigos, y que se vinculan a nosotros
por simpatía. (Véase Politeísmo [Polythéisme].)

PERIESPÍRITU  (périsprit)  [del griego  peri: alrededor, y
del latín spiritus: espíritu]. Envoltura semimaterial del
Espíritu, después de su separación del cuerpo. El
Espíritu la extrae del mundo en que se encuentra y la
cambia al pasar de un globo al otro; es más o menos
sutil o grosera, según  la naturaleza de cada mundo. El
periespíritu puede tomar todas las formas, a voluntad
del Espíritu; comúnmente adopta la imagen que tenía en
su última existencia corporal. Aunque de naturaleza
etérea, la sustancia del periespíritu es capaz de recibir
ciertas modificaciones que la vuelven perceptible a
nuestra vista; es esto lo que sucede en las apariciones.
Incluso puede –por su unión con el fluido de ciertas
personas– hacerse temporalmente tangible, es decir,
ofrecer al tacto la resistencia de un cuerpo sólido, como
se observa en las apariciones estereotitas o palpables.
(Véase  Aparición  [Apparition].) La naturaleza íntima
del periespíritu todavía no es conocida; pero se podría
suponer que la materia del cuerpo está compuesta de
una parte sólida y grosera y de otra sutil y etérea; que
sólo la primera sufre la descomposición producida por
la muerte, mientras que la segunda persiste y sigue al
Espíritu. De esta manera, el Espíritu tendría doble 54
envoltura; la muerte lo despojaría solamente de la más
grosera; la segunda –que es el periespíritu– sería el
molde y la forma de la primera, como si fuese una
especie de sombra. Pero su naturaleza esencialmente
vaporosa permitiría al Espíritu modificar esta forma a
voluntad, volviéndola visible o invisible, palpable o
impalpable. El periespíritu representa para el Espíritu lo
que el perispermo representa para el germen del fruto.
La almendra, despojada de su envoltura leñosa, contiene
el germen bajo la delicada envoltura del perispermo.

PITIA, PITONISA  (pythie, pythonisse). Sacerdotisa de
Apolo Pitio, en Delfos, que recibía este nombre por la
serpiente Pitón que Apolo había matado. La Pitia
pronunciaba los oráculos, pero como éstos no siempre
eran inteligibles, los sacerdotes se encargaban de
interpretarlos según las circunstancias. (Véase  Sibila
[Sibylle].)

PLEGARIA  (prière). La plegaria es una invocación y, en
ciertos casos, una evocación por la cual se llama hacia
sí tal o cual Espíritu. Cuando la oración se dirige a Dios,
Él nos envía sus mensajeros: los Espíritus buenos. La
plegaria no puede derogar los decretos de la
Providencia; pero por medio de ella los Espíritus
buenos pueden venir en nuestra ayuda, ya sea para
darnos la fuerza moral que nos falta o para sugerirnos
los pensamientos necesarios: de aquí proviene el alivio
que uno siente cuando ha orado con fervor. De ahí
procede también el alivio que experimentan los
Espíritus en sufrimiento cuando oramos por ellos; estos
mismos piden las plegarias en la forma que les es más
familiar y que está más en relación con las ideas que
han conservado de su existencia corporal. Pero la razón
nos dice –de acuerdo con los Espíritus– que la oración
que solamente sale de los labios es una vana fórmula si
el corazón no toma en ella parte alguna.

PNEUMATOFONÍA  (pneumatophonie) [de  pneuma, y de
phoné: sonido o voz]. Comunicación verbal y directa de
los Espíritus sin el concurso de los órganos vocales. 55
Sonido o voz que ellos hacen escuchar en el aire y que
parece resonar en nuestros oídos.  Observación –
Nosotros no empleamos la palabra  pneumatología
(pneumatologie) porque ya tiene una acepción científica
determinada, y porque esta palabra sería impropia, ya
que se trata de sonidos vagos no articulados.

PNEUMATOGRAFÍA  (pneumatographie)  [del griego
pneuma: aire, soplo, viento, espíritu, y  grapho: yo
escribo]. Escritura directa de los Espíritus sin el empleo
de la mano de un médium. (Véase  Psicografía
[Psychographie].)

POLITEÍSMO (polythéisme) [del griego polus: muchos, y
théos: Dios]. Religión que admite muchos dioses. Entre
los pueblos antiguos la palabra dios suscitaba la idea de
poder; para ellos, todo poder superior a lo común era un
dios: hasta los hombres que habían hecho grandes cosas
se convertían en dioses para los pueblos antiguos. Al
manifestarse los Espíritus por efectos que les parecían
sobrenaturales, eran a sus ojos otras tantas divinidades,
entre las que es imposible no reconocer a nuestros
Espíritus de todos los grados, desde los Espíritus
golpeadores hasta los Espíritus superiores. En los dioses
de forma humana, que se transportaban a través del
espacio cambiando de forma y volviéndose visibles e
invisibles a voluntad, identificamos todas las
propiedades del periespíritu.  En las pasiones que se les
atribuía reconocemos a los Espíritus aún no
desmaterializados. En los manes, lares y penates
identificamos a nuestros Espíritus familiares, nuestros
genios tutelares. Por lo tanto, el conocimiento de las
manifestaciones espíritas es la fuente del politeísmo;
pero desde la más remota Antigüedad, los hombres
esclarecidos habían formado juicio sobre esos supuestos
dioses en su justo valor, reconociendo en ellos a las
criaturas de un Dios Supremo, soberano Señor del
mundo. El Cristianismo, al confirmar la doctrina de la
unidad de Dios y al esclarecer a los hombres con la
sublime moral del Evangelio, ha marcado una nueva era
en la marcha progresiva de la humanidad. Sin embargo, 56
como los Espíritus no cesaban de manifestarse, los
hombres hicieron de ellos genios y hadas, en lugar de
dioses.

POSEÍDO, POSESO (possédé). Según la idea vinculada a
esta palabra,  poseído es aquel en quien el demonio ha
tomado posesión. El  demonio lo posee significa:  el
demonio se ha apoderado de su cuerpo. (Véase
Demonio [Démon].) Al tomar el vocablo demonio, no
en su acepción vulgar, sino en el sentido de Espíritu
malo, Espíritu impuro, Espíritu malévolo, Espíritu
imperfecto, quedaría por saber si un Espíritu de esta
naturaleza –o de cualquier otra– puede alojarse en el
cuerpo de un hombre, conjuntamente con el Espíritu
que está en él encarnado, o si puede reemplazarlo. En
este último caso, se podría preguntar qué pasaría con el
alma que ha sido expulsada. La Doctrina Espírita dice
que el Espíritu unido al cuerpo solamente puede ser
separado del mismo por la muerte; que otro Espíritu no
puede meterse en su lugar ni unirse al cuerpo
simultáneamente con aquél. Pero la Doctrina también
enseña que un Espíritu imperfecto puede vincularse a
un Espíritu encarnado y someterlo, dominando su
pensamiento y obligándolo a hacer tal o cual cosa, o a
obrar en tal o cual sentido, si no tiene la fuerza
necesaria para oponerle resistencia. Lo constriñe, por
así decirlo, bajo su influencia. De este modo, no hay
posesión en el sentido absoluto de la palabra, sino
subyugación. No se trata de manera alguna de desalojar
a un Espíritu malo, sino –para servirnos de una
comparación material– de hacerle soltar la presa, lo que
siempre se puede conseguir si se lo quiere seriamente;
pero hay personas que se complacen en una
dependencia que halaga sus gustos y sus deseos. La
superstición vulgar atribuye a la posesión del demonio
ciertas enfermedades que no tienen otra causa que una
alteración orgánica. Esta creencia estaba muy difundida
entre los judíos; para ellos, curar esas enfermedades era
expulsar a los demonios. Sea cual fuere la causa de la
enfermedad, con tal que se consiga su curación, no
disminuye en nada el poder de quien la efectúa. Jesús y
sus discípulos podían, pues, decir que expulsaban a los
demonios, sirviéndose del lenguaje usual. De haber
hablado de otro modo no les habrían comprendido, y
quizás tampoco les creyesen. Una cosa puede ser
verdadera o falsa según el sentido que se dé a las
palabras. Las mayores verdades pueden parecer
absurdas cuando sólo la forma es tenida en cuenta.

PRUEBAS  (épreuves). Vicisitudes de la vida corporal
mediante las cuales los Espíritus se depuran, según la
manera de enfrentarlas. De acuerdo con la Doctrina
Espírita, el Espíritu desprendido del cuerpo, al
reconocer su imperfección, elige por sí mismo –por un
acto de su libre albedrío– el género de pruebas que cree
más adecuado para su adelanto y que ha de enfrentar en
una nueva existencia. Si ha elegido una prueba que está
por encima de sus fuerzas, sucumbe y retarda su
adelanto.

PSICOFONÍA  (psychophonie)  [del griego  psuké: alma, y
phonê: sonido o voz]. Transmisión del pensamiento de
los Espíritus por medio de la voz de un médium
parlante.

PSICOGRAFÍA  (psychographie)  [del griego  psuké:
mariposa, alma, y grapho: yo escribo]. Transmisión del
pensamiento de los Espíritus por medio de la escritura
trazada por la mano de un médium. En el médium
escribiente la mano es el instrumento, pero su alma –o
Espíritu en él encarnado– es el intermediario o
intérprete del Espíritu ajeno que se comunica; en la
pneumatografía, es el propio Espíritu ajeno que escribe
sin intermediario. (Véase  Pneumatografía
[Pneumatographie].) La  psicografía inmediata o
directa (psychographie immédiate ou directe) es cuando
el propio médium toma el lápiz y escribe como si lo
hiciese habitualmente. La  psicografía mediata o
indirecta (psychographie médiate ou  indirecte) es
cuando el lápiz es adaptado a un objeto cualquiera que,
de cierto modo, sirve como apéndice de la mano, como
una cestita, una tablita, etc.

PSICOLOGÍA  (psychologie). Disertación sobre el alma;
ciencia que trata de la naturaleza del alma. Esta palabra
sería para el médium parlante lo que la psicografía es
para el médium escribiente, es decir, la transmisión del
pensamiento de los Espíritus por medio de la voz de un
médium; pero como el vocablo psicología ya posee una
acepción consagrada y bien definida, no conviene darle
otra. (Véase Psicofonía [Psychophonie].)

PUREZA ABSOLUTA  (pureté absolue). Estado de los
Espíritus del primer orden o Espíritus puros; los que han
recorrido todos los grados de la escala y que no tienen
más necesidad de reencarnarse.

PURGATORIO  (purgatoire)  [del latín  purgatorium,
formado de  purgare: purgar, cuya raíz  purus: puro, se
deriva del griego pyr, pyros: fuego, antiguo emblema de
la purificación]. Según la Iglesia Católica, lugar de
expiación temporaria para las almas que tienen aún que
purificarse de algunas manchas. De modo alguno la
Iglesia ha definido de manera precisa el lugar donde se
encuentra el Purgatorio; lo ubica en todas partes, en el
espacio y quizás a nuestro lado. Tampoco explica con
claridad la naturaleza de las penas que en él se padecen;
son sufrimientos más morales que físicos. Entretanto,
dice que allí hay fuego, pero la más alta Teología
reconoce que esa palabra debe tomarse en sentido
figurado y como emblema de la purificación. La
enseñanza de los Espíritus es mucho más explícita al
respecto; es verdad que ellos rechazan el dogma de la
eternidad de las penas (véanse Infierno [Enfer], Penas
eternas  [Peines éternelles]), pero admiten una
expiación temporaria, más o menos prolongada, que –
salvo el nombre– no es otra cosa sino el purgatorio. Esta
expiación se cumple por medio de sufrimientos morales
del alma en el estado errante; los Espíritus errantes
están por todas partes: en el espacio, a nuestro lado, así
como lo dice la Iglesia. La Iglesia admite en el
Purgatorio ciertas penas físicas; la Doctrina Espírita
dice que el Espíritu se depura, se  purga de sus
impurezas en sus existencias corporales. Los
sufrimientos y las tribulaciones de la vida son las
expiaciones y las pruebas por las cuales se eleva; de
esto resulta que aquí en la Tierra estamos en pleno
purgatorio. Lo que la Doctrina Católica deja en la
vaguedad, los Espíritus lo definen con precisión,
haciendo conque lo toquemos con el dedo y lo
observemos con los ojos. Los Espíritus que sufren
pueden, pues, decir que están en el purgatorio, para
servirse de nuestro lenguaje. Si, en razón de su
inferioridad moral, no les es dado ver el término de sus
sufrimientos, ellos dirán que están en el Infierno (véase
Infierno [Enfer]). La Iglesia admite la eficacia de las
oraciones para las almas del Purgatorio; los Espíritus
nos dicen que por medio de la plegaria se atrae a los
Espíritus buenos, quienes dan a los débiles la fuerza
moral que les hace falta para soportar sus pruebas. Por
lo tanto, los Espíritus que sufren pueden pedir a través
de la oración, sin que haya en esto contradicción con la
Doctrina Espírita. Ahora bien, de acuerdo con lo que
sabemos de los diferentes grados de los Espíritus,
comprendemos que pueden proferirlas según la forma
que les era familiar cuando encarnados (véase Plegaria
[Prière]). La Iglesia sólo admite una única existencia
corporal, después de la cual el destino del hombre está
irrevocablemente fijado para la eternidad. Los Espíritus
nos dicen que una sola existencia, cuya duración –
frecuentemente abreviada por accidentes– no es sino un
punto en la eternidad, no es suficiente para que el alma
se purifique completamente, y que Dios, en su justicia,
de manera alguna condena sin remisión a aquel de quien
a menudo no ha dependido instruirse convenientemente
sobre el bien para ponerlo en práctica. La Doctrina de
los Espíritus deja al alma la facultad de cumplir en una
serie de existencias aquello que no ha podido realizar en
una sola: he aquí la principal diferencia. Pero si
examinamos con cuidado todos los principios
dogmáticos y si separamos siempre lo que debe ser
tomado en sentido figurado, no cabe duda de que
desaparecerían muchas contradicciones aparentes.